Desencadenando

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            Estaban hermosas, radiantes. Enamoraban desde lo visual, con fina impronta, pero también lo hacían desde el aroma. Tenía que disimular para que Flor, mi pareja, no se diera cuenta. Pero cuando ella se distraía, yo desviaba mis ojos un microsegundo para conformarme que siguieran ahí. No era obsesión, en el término real de la palabra, pero la ansiedad que su significado provocaba en mí me podía. Eso, ansiedad. Mirarlas era confirmar que estaban ahí, que el viaje en un momento u otro iba a comenzar.

            Esas bicicletas me habían hechizado, quizás por el esfuerzo que nos demandó conseguirlas. Seguramente era eso. Ser vendedor callejero tiene su divertimento pero tener un jefe corriendo detrás de las coronas danesas no tiene atractivo alguno. Nuestros nuevos vehículos se llevaban consigo además los últimos ahorros, pero nada importaba. Estábamos en la vanagloriada Europa, la vieja, la única. El centro mundial del poder, la historia, la sociedad moderna. Con las bicis íbamos a poder seguir recorriéndola a comodidad de nuestro bolsillo, con un precio nafta pagado en guisos que iban a ir directamente a nuestras piernas, y así poder conocer Berlín, Dresde, Praga, los Alpes, Berna, París, todo… Viéndolo así, mi delirio con aquellos rodados nuevos no era más que lógico, un loco bueno, un loco coherente.

            Tardamos un día en probarlas, por temor o quién sabe. Sin embargo, la excitación del momento fue sublime. Con mi nivel de detalle expresado al máximo no podía permitirme que nada saliese mal. Las bicis tenían que ser una seda, sobre todo, porque no nos subíamos a unas desde que teníamos 12 años. Tengo los 30 pirulos en el horizonte no tan lejano, así que con más razón, todo tenía que estar en orden para evitar imprevistos que no supiese resolver sobre la marcha. Al menos ése era el pensamiento. Bastante naif, un poco idiota. Los viajes se tratan de solucionar problemas sin manual de instrucciones, el verdadero significado de viajar debería ser reescrito: “Dícese de quien se arriesga a que le pase cualquier cosa en cualquier momento del día y debe sobrellevarlo, salir airoso, porque ama lo que hace, porque su infinita curiosidad lo lleva irremediablemente al próximo punto en el mapa, a ese nuevo cielo, a esa comida compartida con gente del lugar”. Algo así no estaría mal. No se debe confundir “viajar” con las migajas vacacionales que disfrutamos cada 360 días en la rutina. Hablo de viajar tranquilo, con ganas de reír y si es necesario también de llorar, viajar sin reloj, sin días de semana, sin casa fija, gozando del entorno; caminar abstraído en una ciudad nueva entre gente que inunda nuestros oídos de acento o idioma que abre nuestra mente, hipnotizarnos viendo las calles, casas y balcones de un pueblo, o dejándonos llevar por los regalos de la naturaleza. A ese viajar me refiero. Nada en contra de las vacaciones, pero ahí sigue trabajando el represivo reloj.

            Las primeras vueltas fueron bárbaras. Unos pequeños ajustes normales por ser nuevas pero las bicicletas se portaron excelente. Eso fue lo que dije, incluyendo a Flor. No por mentirle si no por convencerme a mí mismo de que mi nueva compañera de viaje azulada y con 28 cambios funcionaba sin problemas. Pero no puedo mentir, es la verdad. Cuando lo hago empieza a correr un detonador adentro mío que en poco tiempo explota en verdades. Lo que había sucedido es que mi aguzado oído sentía la cadena tocar, raspar con el cambiador. Un leve pero claro “crac-crac”, que se repetía, alternando volumen dependiendo del trajín del pedaleo. Pero ninguno de nuestros amigos, como tampoco Flor, escuchaba nada. Así que hice como si nada ocurriese y la seguí usando. Contento, maravillado por mi nuevo vehículo que me llevaría de viaje, pero siempre con la espina clavada en silencio, con el ruido de la maldita cadena. Crac-crac.

            La ansiedad me comía los pies. Las horas se me hacían largas, la necesidad de empezar era inconmensurable. Mayormente por la necesidad de comprobar que viajar en bicicleta era posible. En todo sentido. Tener conciencia de estar en un lugar, un continente que difícilmente volvería a pisar te da una responsabilidad enorme de tener que aprovechar el momento, y todo eso jugaba en la cabeza. Y viajar en bicicleta representaba nuestro presente a corto plazo, pero también una oportunidad a futuro, soñando en encontrar el modo perfecto de viaje.

            Habíamos ido a comprar aislantes en una casa de productos de camping, se venía el frío y teníamos que estar bien equipados. Salir desde Dinamarca no era un chiste, las temperaturas son bajas de verdad. Además íbamos a intentar subir montañas, que suelen estar nevadas en otoño.

Durante la hora que estuvimos mirando modelos y distintos tipos de aislantes y equipos para la carpa, me sucedió algo sumamente extraño. Mientras Flor se había alejado unos metros  mirando los precios de los artículos, me detuve a escuchar con detenimiento un ruido que salía de una mochila de alta montaña que colgaba de la pared. Entrecerrando mis ojos como si fuese a percibir mejor cualquier sonido acerqué mi oreja derecha a la gris mochila. Me costó relacionar, entender qué era. Primero pensé en un mecanismo de seguridad, una alarma súper tecnológica que se activaría en caso de que alguien quisiese robar el artículo. Pero no, era improbable, había demasiadas mochilas y el sonido provenía de una sola, de la grande que tenía delante de mí. Estaba absorto, parado en frente de ella. No sé qué habrá pensado cualquiera que me hubiese visto, quieto, contemplando con aire autista de cerca aquel bolso, con mi frente casi pegada a sus cierres. Pero no me importaba en absoluto, mi concentración estaba al máximo. Tenía la misma sensación que cuando uno no se acuerda una palabra y la tiene en la punta de la lengua, a punto de salir pero no aparece. Así tenía ese puto sonido retumbando entre mis sienes. Era la cadena. Sin sentido alguno, el ruido de la cadena de la bicicleta venía de adentro de la mochila. Bastante fuerte, audible para cualquiera que pasase cerca. Crac-crac-crac… La descolgué arrebatado, sin prestar atención si un vendedor podría verme, la bajé al suelo y la abrí. Adentro habían papeles de diario que hacían de relleno, nada especial, en cuanto revolví los papeles el sonido se disipó. La piel de gallina empezó por sobre mis muñecas y trepó hasta mi cuello, el trago de saliva fue el más pesado en mucho tiempo. Recuperé noción de mi rededor, tenso, con los ojos casi desorbitados del miedo por la situación. A las apuradas cerré la mochila desprolijamente y la volví a colgar, mientras Flor volvía a mi lado.

–           “Ya encontré unas colchonetas inflables que me encantaron… vení, mirá” me dijo con una sonrisa, mirando con extrañeza la mochila que yo estaba devolviendo a su lugar.

–           “Dale dale, mostrame. Me entretuve viendo mochilas, están buenísimas” intenté disimular con torpeza.

Las colchonetas eran muy buenas, por encima del precio que teníamos pensado pero valían la pena. Las llevamos, con la idea de que esas cosas se compran una vez en muchos años, que el gasto era válido. Me guardé para mí la situación del ruido de la cadena, una mini bicicleta dentro de la mochila gris era imposible, pero yo la escuché y era muy real. Otra vez, guardarme algo, el detonador que corría era más rápido, iba a tener que hablarlo con mi única confidente. Estaba preocupado en serio.

Esa noche dormí mal, entrecortado. Escuchaba el “crac” constantemente, pero nunca supe si era real o parte de un sueño que me perseguía. El maldito ruido se estaba apoderando de mi cordura. Disfruté esos cinco o seis cuasi mágicos segundos post despertarse, en que uno todavía no recuerda los problemas, ni qué día es, ni qué hora, ni tampoco le interesa. En los que el cerebro hace una especie de carga, de “loading” de la información a la que estamos sometidos como seres socialmente complejos. Esos segundos son los verdaderos mientras los recuerdos van cayendo, hasta que recordas que insólitamente un ruido te persigue, te maltrata y te agobia. Y todo se va al tacho, te angustias de nuevo, te preocupas, agarrás el teléfono para mirar la hora y es tarde. Fin del momento ingenuo del día, la carga cerebral había terminado. Tenía un mensaje de Flor que me avisaba que se despertó temprano porque tenía que trabajar, de improviso. Nuestra charla iba a posponerse hasta su vuelta, probablemente a la noche.

Me preparé un café con leche y tostadas con manteca para almorzar. Economía a la danesa. Pocos, nulos lujos pensando en que cada centavo iba a ser una fortuna en el periplo cicloturista. No me dejó terminar de desayunar tranquilo que volvió a empezar, esta vez el ruido venía de afuera, de la mismísima bici. Era más fuerte que las veces anteriores. Lo ignoré, lo dejé pasar. Me contuve. Concentrándome en mi divertida tarea de diseñar la ruta que íbamos a seguir los próximos 4 meses pedaleando logré que el sonido de a ratos desapareciera. Pero en cuanto me distraía ¡zas! Asestaba un nuevo golpe, cada vez más fuerte ante mí, un rival cada vez con menos fuerzas.

 Inesperadamente llegó Flor que, como se había nublado, trabajó menos horas. Ella percibió en mí algo que evidentemente yo ignoraba:

–           ¿Estás bien? Estás muy pálido ¿Qué te duele? – me preguntó con una notoria preocupación mientras dejaba la mochila en la habitación.

Evidentemente estaba mal. El CRAC seguía sonando afuera, mi café ya frío continuaba llenando la taza y las tostadas estaban intactas como cuando las puse en el platito. Eran casi las cuatro de la tarde y solo había hecho un pequeño boceto de unos kilómetros. Por más que quisiese evitarlo el ruido me tenía paralizado. Miedo.

–           Nada. No me pasa nada. Es ese ruido de mierda. Me tiene mal –le dije a modo de confesión, bajando la cabeza.

–           ¿Cuál? – Me preguntó tomándome en serio, logrando que por fin hablara de eso que me tenía raro.

–           El de la cadena de la bici Flor, me sigue a todos lados- dije.

–           Tu bici no hace ningún ruido… no entiendo – Me respondió intentando cuadrar la situación en algo entendible, evitando preocuparse por mi apariencia delirante.

–           ¿No lo escuchas? Ahora mismo…

Me abrazó. No necesitaba que le explique todo, ella lo había entendido. Me preparó otro café y charlamos unas horas de nuestro futuro viajero, de lo feliz que éramos haciendo todo eso. La infusión, ahora caliente, me devolvió varios sentidos y temperatura al cuerpo. Después la charla se desvió hacía el trabajo, la rutina, el hacer todas esas cosas que no nos hacían felices, de las muchas vidas regladas que siguen una línea y nunca se desvían de ella, de cuánto cuesta desprenderse de la ilusoria comodidad, del ficticio confort. Me dejó pensando y se fue a bañar.

Como si la charla hubiese tenido algún tipo de hilo imaginario atado a los hechos materiales, volví a escuchar el sonido. El volumen era tan alto que me hizo cerrar los ojos del dolor, como si un chirrido agudo se hubiese creado instantáneamente junto a mis oídos. Un martillazo tras otro. El incesante y crujiente crac-crac salía esta vez, paradójicamente, de mi teléfono celular. Mis ojos se abrieron tensos, torciendo una ceja bien alta y la otra más baja, mueca que sólo me sale inintencionadamente cuando estoy fuera de mí. Mi rodilla rebotaba al ritmo de mi histeria, era imposible bajar el ritmo cardíaco.  Desbloqueé el aparato y ahí lo ví. Tenía un correo electrónico. No tenía internet de ningún tipo, ni siquiera número. El celular lo usaba cuando encontraba wifi gratis, muy a veces. Pero ahí estaba el e-mail esperando que lo abra, había llegado a la cuenta de trabajo. En el teléfono tenía sincronizadas mi cuenta personal pero también la del trabajo. Crac-crac-crac.

Los Alpes son hermosos, superan lo que se pueda ver en cualquier foto. La paz es constante, los lagos y montañas deleitan mis seis o siete sentidos. Este viaje es mucho más de lo que esperaba. El silencio me acompaña, por fin, desintoxicado de cadenas.

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3 pensamientos en “Desencadenando

  1. Espectacular! Se nota cuando uno disfruta escribiendo algo porque también se disfruta leyéndolo. Me tuvo atrapada desde la primera a la última palabra, algo muy difícil de conseguir. Me encantó! Me declaro fiel seguidora de esta sección =)

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